4 ago 2013

Capítulo III, la escalera.

Solíamos usar la escalera para bajar o subir. El ascensor era demasiado lento y creíamos que era una pérdida de tiempo. No mencionábamos que lo fuera el estar interminables horas tirados por cualquier parte, haciendo profusas odas a la Nada, imaginando un futuro lejano que cada día nos apretaba más y más la soga del cuello... No, nada de eso era una pérdida de tiempo. Bajar en ascensor, en cambio, sí.

Vivíamos en la cuarta planta, por lo que no era raro encontrarse con alguno de los vecinos. Cabe mencionar que si nosotros no eramos... respetables, ellos lo eran mucho menos. Aún así, optábamos por un fortuito cruce de miradas, palabras, e hipocridades que tanto acostumbrábamos con cualquier ser humano. Excepto con una persona.



Ella vivía en la segunda planta, y Vincent sabía sus horarios de salidas y entradas. Bien es cierto que podía acudir siempre al lugar donde trabajaba, pero prefería provocar uno de estos encuentros a ir arrastrado hasta allí. Ella sabía que le suplicaba citas, y por eso cuando salía de su casa, justo antes de meter la llave para cerrar, sonreía; y era en ese momento preciso en el que la cerradura hacía su doble vuelta cuando Vincent topaba con ella en un fortuito cruce de miradas, palabras, y algo más.

 — Hey, qué casualidad.
 — Sí, siempre es una casualidad.
 — Me preguntaba si...
 — Sabes que sí, Vincent.
 — ¿Recuerdas mi nombre?

Yo solía presenciar el numerito un poco más arriba. Vincent insistía en bajar él primero. Yo si me negaba estaba jodido.

 — Pues allí a las 9.
 — Perfecto.
 — Adiós.
 — Adiós.

Y bajaba yo.

 — Eres ridículo, Vincent.
 — Cállate.
 — Es una puta y quedas con ella como si no estuviera de servicio.
 — Que te calles.
 — Es tu dinero.
 — Y ella mi puta favorita.

Después quedaban. Yo me quedaba en casa, pensando en que no fuera a más, y se diera cuenta. Pero nunca lo hacía. Siempre volvía con una sonrisa de oreja a oreja, un bolsillo vacío, y palpitando de amor.

 — Lou, soy feliz.
 — Y un poco más pobre.

Y cada día lo mismo. Bueno, a veces incluso discutían.

 — ¿Qué coño puedes hacer para cabrearla?
 — No quiero hablar del tema.
 — Pero si es un servic...
 — Que te calles.

Nunca quería hablar. Era su tema tabú.
Un día, la puta se mudó. Había habido bronca con los chulos  y tenía que marcharse a otro lugar. Vincent no lograba entenderlo. O no quería.

Recuerdo que un día incluso llamó a su puerta. No estaba. Se quedó en la escalera hasta que llegó. Cuando por fin lo hizo, traía la cara llena de moratones y sus piernas flaqueaban.

 — ¿¡Qué te han hecho!?
 — ¿Vincent?

Y se ponía como un energúmeno.

Cuando se marchó todo eso se fue a la mierda y Vincent no pareció tan afectado como esperaba. Me sorprendió. Sería su capricho temporal. Me alegraba saber que no era tan estúpido como parecía.

 — ¿Quieres saber algo Lou?
 — Nunca está de más saber un poco más.
 — Durante todos nuestros encuentros en la noche, no me cobró ni una vez.
 — ¿¡Cómo!?
 — Así es. Al principio lo iba a hacer, pero como no hicimos nada y entendió que solo quise charlar, no se dignó a hacerlo. Seguimos quedando para charlar durante días y días, y en todo ese tiempo no perdí un solo centavo.
 — Vaya.
 — Así es.
 — Pero, ¿te acostaste con ella?
 — ¿Tú qué piensas?

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