8 ago 2013

Capítulo IV, la boda.

Solía tener uno de esos amores inacabados de los que tanto se habla. Bueno, no se hablan; pero se saben. Por ti, por él, y por todo el puto mundo. Todo el mundo tiene su espina clavada tarde o temprano. Incluso podría llamarse rencor en vez de amor. Sea lo que sea, todo el mundo lo tiene. Y si no lo tienen, lo tendrán.

La carta llegó al mediodía.




Se ruega a: Lou S. Moulton Vincent Gallow, la asistencia a la 
unión entre: Sr. X, y Srta. Y, el día tal, a tal hora. Ir bien vestidos.

Y la srta. Y, era mi ella. Mi rencor, sí. Pero bueno. 

 — Viene con ganas de más, ¿eh?
 — Pss.
 — ¿Vamos a ir?
 — Claro. 

Y eso hicimos.
Nuestro pasado, el de ella y mío, quiero decir, no era tan de cuento como puede esperar alguien criado con la cabeza llena de pájaros. Descubrimos el alcohol algo temprano y para nosotros fue nuestro fuego, nuestra electricidad, o nuestra viagra. Pasábamos el día colocados en cualquier parte. Yo persistí con esta costumbre esperando una nueva, y ella, la radicó junto a mí. No me dolió, qué coño me iba a doler; tenía alcohol. Que la jodan, pensé. 

 — Así que se volvió abstemia. 
 — Algo así.
 — ¿No será eso lo que llaman madurar?
 — Puede.

Y bueno allí estaba ella con su largo vestido blanco dando el Sí, quiero que algún día le iba a proponer yo de haber madurado. Que la jodan, pensé.
Nos tajamos más pronto de lo que había imaginado, por eso de estar alcoholizados puede ser. Nuestra piel ya no es la que era. Se me acercó y dijo algo. Ni puta idea. Vincent me miró y se rió. Tío, ¿qué ha dicho? Ni puta idea. Y más risas. Después vino el novio. De esto ya sí que no me acuerdo.

Y de toda la noche, una cosa clara.

 — ¿No has soñado nunca con esto?
 — ¿El qué?
 — Una boda, un vestido blanco, otro negro, el techo hasta el cielo, los sís quiero, el cura.
 — Sabes que no creo.
 — Bueno, pues donde sea.
 — No veo por qué debería soñar con eso.
 — Porque es el ecuador de tu vida: el formar una familia.
 — ¿Qué me dices?
 — Que sí.
 — Continúa.
 — Tonto.
 — Ya.

Hubo un silencio. Siempre hay un silencio. 

 — ¿Y a qué te dedicas?
 — No lo sé.
 — ¿Cómo que no sabes? Algo harás.
 — Lo de siempre.
 — Pero tú siempre haces lo de siempre.
 — Puede.
 — ¿Y no te cansas?
 — Solo hoy.
 — ¿Te cansas de mí?
 — ¿Te ofendería?
 — Solo si dices que sí.
 — Sí, me cansas.

Era el segundo Sí, no sé qué que había escuchado esa noche. Y coño, lo había dicho yo.
Seguramente me habría gustado acabar aquella noche de otra manera. Pero el coche con la novia y el novio se alejó. Ella no volvió a dirigirme una palabra y yo seguía siendo un niño. Un niño en el ecuador de su vida. Sin una meta. Sin una familia. Con Nada. Alcohol, sí. Pero y qué más. Tabaco, sí. Pero y qué más. Joder, Lou, me tienes a mí. Cállate, Vincent. Seguramente esa noche no pegaría ojo. Ella, de alguna manera, tampoco.

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