31 jul 2013

Capítulo II, un día de curro.

 — Lou arriba. Hoy es viernes y me tienes que ayudar con el reparto.
 — ¿C...cómo? ¿Otra vez?
 — Sí, así que mueve tu culo de ahí y vístete. No te vendría mal tampoco una ducha— dijo mientras recogía la ropa del suelo.
 — Dame un respiro.

Era cierto que apestaba. No importa. Cojo una camisa nueva y la incorporo a mi personalidad.

 — Lou no me jodas, ¿otra vez esa camisa?
 — ¿Qué le pasa?
 — Que es gris.
 — ¿Y qué? ¿Acaso el gris no forma parte de nuestras incoloras vidas?
 — Sí, pero es que cuando la compraste era blanca.
 — ¡Bah...! Qué sabrás tú.

Llegamos a la misma hora de siempre. Tarde. En mi reloj había dos horas: dormir y tarde. Y siempre llegaba tarde. Incluso a dormir. Vincent se acostumbró, Rick, el que atendía las llamadas, se acostumbró, la limpiadora se acostumbró, el jefe se acostumbró. ¿Qué más daría?



 — Llegáis tarde.
 — Perdone señor.
 — Está bien, pero que no se vuelva a repetir.

Esa era la rutina de los viernes.

 — El teléfono ha sonado un par de veces, preguntadle a Rick por los encargos.

Fuimos hasta Rick.

 — ¿Qué pasa Rick? — Rick siempre estaba traspuesto.
 — ¿Eh? — abrió los ojos —  ¡Ah, Vincent! ¿Qué tal?
 — El jefe dice que has tenido un par de llamadas.
 — ¡Ah, sí! Ten las direcciones.

Las pizzas ya estaban frías. No importaba. Siempre estaban frías.

Tuve que conducir. Vincent no tenía carnet de coche y la motocicleta de la empresa estaba en el taller desde la última piña de Vincent. Solía darse piñas. Los jueves solíamos estar hartos de la semana, y adelantando el fin de semana, solíamos festejar a la Nada. Vincent llegaba cansado al trabajo y se dormía en la moto. Las cuatro primeras veces fueron interesantes. Las siguientes: rutina. Creo que por eso la rutina te mata.

Llegamos no muy tarde para lo que acostumbrábamos. Me bajé y cogí las pizzas del asiento trasero. Se las pasé a Vincent. No sé qué hizo Vincent. Las pizzas estaban en el suelo.

 —  ¡Eres idiota!
 —  A mí no me jodas, se te han caído a ti.
 —  Bueno y ahora qué hacemos. No podemos tenerles media hora más esperando.

Fuimos a un supermercado no muy lejos de allí. Fuimos andando. Vincent no decía nada. Yo no estaba tan enfadado. Me encendí uno. Ofrecí uno a Vincent. Aceptó. Ya estaba menos enfadado.

 — Bueno, ¿y cuál es tu famoso plan, Lou?
 — Compramos una pizza barata de microondas y se la damos.
 — Vaya cojonazos que tienes, cabrón.
 — Si notan la diferencia, ya estaremos lo suficientemente lejos como para que no las quieran pagar.

En el supermercado solo había dos tipos de pizza: margarita y cuatro quesos.

 — ¿Qué demonios le pasa a esta gente? ¿Y ahora qué hacemos?
 — Compramos los ingredientes aparte y se los echamos.
 — Pero qué cojonazos que tienes, cabrón.

Y eso hicimos. Compramos los ingredientes aparte. Pero nada extraordinario. La submarca de la submarca de la submarca. Se los echamos en el coche y fuimos a un bar. Un bar de mierda. Apestaba incluso más que nosotros. Nos calentaron la pizza en unos cuatro minutos.

 — Pero esto no está hecho.
 — Mira hijo, si queréis que os la caliente más tendréis que pagar.
 — Gracias, señor.

Nos fuimos de allí con la pizza a medio hacer. Aún así, pitamos.

 — Pizza.
 — Suba.

Subimos. Nos abrió la puerta una mujer. Nos gruñió que había tenido que esperar una eternidad. Nos encogimos de brazos.

 — ¡Le prometo que será la mejor pizza que ha probado jamás!
 — Tenga el dinero.
 — ¡Gracias! ¡Bon Appétit! — y cerró la puerta.
 — ¿Ves? Dinero fácil.
 — Qué cojones que tienes, pedazo de cabrón.


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